“Hemos aprendido que no podemos controlarlo todo”, testimonio de parto

5 diciembre, 2017 | Comentarios (0) | General, Tu Fisioterapeuta

Escuché hablar sobre Alazne a mi hermana y a dos primos que realizaron el curso con ella y estuvieron a gusto. Uno de los motivos para apuntarnos al curso era que yo no veía el parto como un simple trámite. Para mí se trataba de la bienvenida de mi hijo, queríamos hacerle esa bienvenida de la manera más agradable posible y a lo mejor lo que yo percibía en la calle era que fuese lo más rápido posible y sintiendo lo menos posible. Aunque respete esa opción, no era lo que yo quería. Yo tenía muchas ganas de vivir el parto, teníamos muchas ganas de ser padres.

Al principio pensé que Argoitz iría al curso por mí, pero en seguida le vi muy enchufado. “Es verdad, al principio no tenía ni idea de todo esto, cómo eran las cosas… y cuando entré en el grupo me di cuenta de que no había solo una opción A para todos, que había distintas opciones, distintos partos y que esas opciones por lo menos no nos pillaría de novatos”.

Eso es, al fin y al cabo, la información recibida en el curso, las experiencias previas de los compañeros de grupo, las sesiones de testimonios… te ayudan a meterte en el contexto, sin que sientas el hospital como un sitio extraño, sabiendo que hay distintas opciones te sientes más seguro para actuar de una manera u otra. Todos los casos son particulares y el nuestro también lo fue.

Comenzamos el curso pero no lo acabamos. Oier estuvo todo el embarazo de pie y en la semana 36 como seguía en la misma posición comenzamos a probar con acupuntura, osteopatía etc.; lo intentamos con la versión externa pero aunque se puso en transversa, Oier volvió a su postura inicial… y nos programaron la cesárea. Por todo esto, la clave de esta aventura ha sido la flexibilidad, el aprender que no lo podemos controlar todo, que aunque prepares un camino nunca sabes cómo llegaran las cosas. Cuando me hablaron de la cesárea programada, sentí un gran “chasco”, no lo quería admitir. Yo pensaba: “Si por lo menos, llega el día, vamos allí y acaba en cesárea, ¡pues bueno! Por lo menos mi hijo sí ha elegido el momento de su nacimiento… ¿Y si necesitara dos semanas más?”. Y el hecho de pensar en que tal día, le tocase o no, me abrirían y “Ongi etorri Oier!”, esa idea se me hacía muy fría.

Al final nos citaron el 4 de julio para realizar la cesárea. El 29 de junio era mi cumpleaños y solté el tapón mucoso y comencé a recobrar la confianza, ya que por lo menos mi cuerpo se había puesto en marcha. A los dos días, eran las fiestas del pueblo y yo me sentía rara, comencé a mojar un poquito y estuvimos dudando entre subir a urgencias o no, porque desde nuestra inocencia no sabíamos si se trataba de flujo vaginal o líquido amniótico. Ya era sábado noche, volvimos a casa y Argoitz me comentó por qué no dormíamos tranquilos, intentaríamos descansar durante la noche y a la mañana iríamos por si acaso al hospital.

Fue una decisión acertada. Dormimos toda la noche y el domingo por la mañana fuimos a urgencias, pensando que todo estaba bien y que nos mandarían de vuelta a casa, pero recibimos una grata sorpresa cuando nos dijeron que estaba dilatada de 2 centímetros. Nos confirmaron que la bolsa había sufrido una fisura y me ingresaron. Decidieron realizar una ecografía y… ¡Oier se había colocado de nalgas! Cumplíamos con los requisitos para un parto de nalgas y nos comentaron que si nos animábamos lo podíamos intentar. En ese momento me puse muy nerviosa. Primero tuvimos que mentalizarnos para una cesárea y luego… ¡Había que desmentalizarse! Aunque nos sentimos un poco descolocados, nos dijeron que podíamos intentarlo y desde aquel momento yo lo viví como un regalo. Oier venía con un regalo, nos estaba dando esa oportunidad y nosotros debíamos hacer lo que estuviera en nuestras manos.

Es verdad que yo tenía mucha confianza tanto por el curso, como por Nerea, que en una sesión de osteopatía me comentó que ya que Oier no quería girarse, le dejáramos tranquilo, pero que ella tenía esperanzas de que podía colocar su culito. Y además si eso ocurría, iba a tener un parto fácil. Y yo me lo creí y eso mismo me dije a mi misma. Para nosotros fue muy importante estar conectados con Alazne, saber que hay alguien pendiente de ti, pensando en ti, mandándote su energía y aunque yo estaba aislada, Argoitz ya estaba conectado y cuando me hacía llegar algún mensaje o alguna recomendación se me hacía muy útil.

Nosotros habíamos preparado un plan de parto, pero al fin y al cabo estábamos abiertos a lo que nos recomendaran, íbamos con la mente abierta. Nos informaron sobre el proceso y como Oier venía de nalgas era necesario que el parto fluyera con ritmo y a la mínima alteración nos trasladarían al paritorio. El expulsivo sería en el quirófano, por lo que Argoitz no estaría en la recta final conmigo. Desde el principio nos vimos delante de dos ginecólogos muy motivados “¡Nos vais a animar el domingo! ¡Qué bien, un parto de nalgas!” comentaron.

Me administraron oxitocina sintética sobre las 12:45, yo tumbada en la cama, no notaba nada y estaba asombrada. Pero de repente, sobre las 14:00 ¡Salté desde la cama! No podía estar allí, cogí la pelota y en seguida comencé a hacer uso de mi voz. Sobre las 17:00 tenía una dilatación de 8 cm y comenzaba a agotarme. Argoitz me animaba a aguantar otras cuatro contracciones pero yo no podía más. “Yo quería motivarle, pero nos decían que a ese ritmo y con oxitocina sintética no era un trabajo fácil”. Me administraron la epidural sobre las 18:00, con una dosis mínima porque así lo quise yo, y es verdad que al principio noté algo de alivio pero una hora después o así comencé a notar unos dolores realmente fuertes, yo sentía todo y aunque subía la dosis de la analgesia yo sentía igual. El hecho de no poderme mover de la cama aumentaba la sensación de dolor y pedí la “lenteja” y comencé a moverme, pero no era suficiente. Sobre las 19:00 escuche a dos enfermeras hablar sobre mí: “¿Pero qué le pasa a esa chica? ¡No es normal! ¿Cómo no se marea?”.

En ese rato la bolsa se rompió por completo y a pesar de que la enfermera me administró el analgésico directamente seguíamos igual hasta que vino el anestesista y resolvió el problema. En ese momento ya estaba completamente dilatada pero el peque todavía estaba bastante alto y yo necesitaba recuperar fuerzas para el expulsivo. Me costó muchísimo mantenerme quieta, tenía mucho tembleque… Eran más o menos las 20:00 cuando me pusieron la epidural por segunda vez y entonces sí que note el alivio. Sentía una presión enorme en la zona baja pero ya no me molestaban aquellas contracciones terribles. Me quedé medio dormida durante una hora, descansando. “Yo la veía sobre las 19:30/20:00 y pensaba: ¡Iratxe no está como para empujar! ¡Estaba reventada!”

Empezamos a ensayar los pujos y me sorprendió la cantidad de fuerza que debía hacer. Pensaba que se sentía menos con la epidural. Es verdad que a menudo he pensado que menos mal que pudimos dormir la víspera y el rato que pude dormir tras ponerme la epidural me vino muy bien para descansar y afrontar con ganas y fuerzas la recta final. Argoitz me dijo: ¡Se le ve el culo! Arrancamos hacia el quirófano e informaron a mi marido que calculara sobre una hora.

Puede que no fuese como lo había imaginado, jamás había visto un quirófano, un sitio con mucha luz, un montón de gente (habría como 15 personas mirándome)… pero me sentí arropada todo el rato, arropada y en un entorno agradable. Los dos ginecólogos que conocimos a la mañana bajaron también y le dieron un toque hogareño a la situación. Una de las matronas me comentó que habían pasado 15 minutos (yo tenía en mente que aquello duraría más o menos una hora), estaba dándolo todo y de repente sentí que venía… ¡En 20 minutos estaba aquí! Fue un gran regalo para nosotros, una vivencia intensa, muy intensa, con cambio de planes, pero un gran regalo.

El trato en el Hospital Donostia fue increíble. “Me dejaron ir a la entrada del quirófano, hasta que una matrona me preguntó qué hacía allí”. Pero el trato fue excepcional. Me informaron en seguida”. No recuerdo el alumbramiento de la placenta, solo recuerdo la necesidad de dar las gracias a todo el mundo. Me hicieron una episiotomía, eso sí que fue sin informarme ni avisarme, pero me dije a mi misma: llegados a este punto, no estoy para pedir más. Pero en el momento si que les dije y me dijeron sorprendidos: ¿Pero te has dado cuenta? Yo sentí dolor, yo sentir, sentía.

El postparto fue duro, los puntos me dolían mucho y la subida de leche me dio muchos quebraderos de cabeza. En ese aspecto las matronas de planta nos ayudaron muchísimo, ¡menos mal a ellas! La atención fue estupenda, pasaron horas con nosotros. Al final nuestro parto fue intenso, un regalo y sobre todo nos sentimos muy arropados aunque no fuese una situación hogareña, no era el contexto que deseaba, pero todo se quedó en un segundo plano y nos sentimos respaldados y bien tratados.

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