Dos madres, un nuevo testimonio de parto

16 agosto, 2017 | Comentarios (0) | General, Tu Fisioterapeuta

Mi pareja y yo teníamos claro desde siempre que queríamos ampliar nuestra familia y siendo dos chicas, sabíamos que necesitaríamos ayudara para ello. Decidimos dar el paso y tras 3 tratamientos llegó el día soñado: estaba embarazada. El embrión formado por su óvulo y el espermatozoide de un donante había dado su fruto.

El embarazo fue muy bonito, ella lo llevó genial en general y eso nos facilitó que disfrutáramos de esa etapa. Cuando estábamos solas todo fluía igual de bien que siempre pero algunas cosas que escuchaba en la calle me hicieron reflexionar: “¡Cuídala bien eh!”, “Ahora le tendrás que mimar”, “¿Qué tal esta ella?”, etc.

Escuchando todo eso parecía que el embarazo, el parto y todo lo que venía después le influía solo a ella; y claro, yo no sentía los cambios corporales propios del embarazo, ni sentiría las contracciones de parto, pero mi vida también estaba a punto de cambiar por completo y parecía que nadie se daba cuenta de esto. Todo eso me creaba tristeza y a la vez no me sentía nada valorada.

Durante todo el embarazo me preocupé muchísimo por las dos personas que más quiero, no sabía qué función iba a tener yo en el parto, ni si sería capaz de llevarla a cabo… Todo eso me resulto duro psicológicamente en muchos momentos y fue entonces cuando me di cuenta de que realmente se le presta poca atención a la pareja. Parece que la mayoría de las veces es esa persona que simplemente pone el espermatozoide y en nuestro caso, ¡ni siquiera eso!

En un principio no le hice saber sobre estos sentimientos a mi pareja, no quería preocuparla; pero según pasó el tiempo, empezamos a hablar sobre ello y me di cuenta de que era lo mejor que podía hacer. Me entendió a la perfección y siempre intentó animarme y reforzó mi papel en el proceso.

Preocupaciones arriba, preocupaciones abajo estábamos felices y contentas, pero al acercarse la fecha probable de parto comenzaron a aumentar nuestros miedos y dudas. Mi pareja comenzó con la preparación maternal de Osakidetza, pero al ser por las mañanas y al estar yo trabajando, no podía acudir. Problemas con eso también. Para mí era muy importante que las dos compartiésemos esas clases, que alguien nos explicara en qué consistía el proceso. Una conocida nos recomendó el curso de Alazne y nos apuntamos porque de esa manera podríamos participar las dos. Fue un acierto (aunque no pudimos acabar el curso porque nuestro peque se adelantó 4 semanas).

El curso nos fue de gran ayuda. Por una parte, aprendimos sobre el funcionamiento del cuerpo de la mujer durante el proceso del parto y eso a su vez me dio la oportunidad de conocer más mi propio cuerpo. Todo esto nos ayudó a comprender mejor todo el proceso. Por otra parte, aprendí qué herramientas tenía para ayudar a mi pareja cuando llegara el momento y eso me tranquilizó muchísimo.

Como decía, el ansiado día llegó antes de lo previsto. Era un domingo por la noche y cuando estábamos cenando, rompió aguas. De repente aparecieron todos los miedos a la vez, sobre todo porque estábamos en la semana 36 de la gestación. Fuimos al hospital y nos ingresaron en una habitación. Nos comunicaron que si para la mañana siguiente no arrancaban las contracciones, inducirían el parto. Pero no fue necesario, porque sobre las 02:30 empezaron las contracciones. Poco a poco fueron aumentando en intensidad y cada vez le fue más difícil sobrellevar el dolor. Por eso y para que ella no tuviera que pensar en nada, yo le iba proponiendo distintos ejercicios que practicamos durante el curso.

El comienzo del proceso de dilatación lo sobrellevé bien, porque a pesar del dolor yo la veía bien. Entre contracciones incluso llegamos a bromear, para relajarnos las dos, hasta hubo momentos de risas y carcajadas.

Por la mañana nos trasladaron al paritorio y allí empezó lo más difícil. Teníamos en mente que a poder ser no haría uso de la epidural, y en caso de necesitarla intentaríamos que fuera lo más tarde posible.

En algunos momentos sentí una tremenda impotencia al ver que ella sufría y yo no podía hacer nada para ayudarle. En esos momentos le animaba con todas mis fuerzas, le recordaba que cada vez quedaba menos para tener a nuestro bebé en brazos, etc. Creo que cuando le decía todo aquello, en realidad me estaba animando a mí misma, porque no podía soportar verla sufrir.

Las contracciones eran ya insoportables y ella estaba realmente cansada, por lo que pedimos que nos administraran la epidural. Cuando llegó el anestesista me dijo que no podría estar durante ese rato en la habitación, me tuve que salir fuera. No sé cuánto tiempo tardó pero se me hizo eterno. No sabía cómo estaba ella y eso me creaba mucho nerviosismo.

De ahí en adelante ella pudo descansar un poco y a pesar de que tendría que hacer muchísima fuerza en el expulsivo, por lo menos no le dolía. El expulsivo se alargó bastante porque el bebé estaba bastante arriba y el cordón umbilical era más bien corto.

Con cada contracción ella le ayudaba con todas sus fuerzas y la matrona me preguntó que si quería, podía mirar. Así lo hice y ¡se le veía la cabeza! Aquello fue impresionante para mí, indescriptible la emoción que sentí en aquel momento. Se me estaba haciendo larga la etapa final, ella estaba agotada y yo poco podía hacer, pero al ver aquello se me olvidó todo. Así se lo dije: “¡Tiene un montón de pelo! ¡No queda nada, un último esfuerzo!”

Al final, nuestro príncipe nació sobre las 16:30 y fue el momento más bonito de nuestras vidas, no lo olvidaremos jamás. Las dos lloramos de emoción. Luego pusieron a Urko sobre ella y yo corté el cordón umbilical.

Tras dos noches en el hospital volvimos a casa y poco a poco fuimos adaptándonos a la nueva situación. En casa todo iba bien: estábamos cansadas pero felices, el niño era tranquilo y el proceso de adaptación mutua iba muy bien.

En la calle sin embargo me vinieron de nuevo los sentimientos y pensamientos vividos en el embarazo. Mucha gente nos paraba para saludarnos, para conocer al niño o para felicitarnos. Se repetían principalmente dos preguntas: “¿Qué tal el niño?” y ¿Qué tal la ama? (a veces decía su nombre y otras veces utilizaban la palabra “ama). Nadie preguntó nunca qué tal estaba yo y yo sí que pensaba para mí “¿Y yo qué?”. Además, al escuchar ese “¿Qué tal la ama?” parecía que la ama era solo ella por haberla parido y eso me dolía mucho.

Me parece normal que la gente haga esas preguntas, creo que yo las he hecho a menudo y sé que no eran malintencionadas. La que había parido era mi pareja, que preguntaran sobre el bebé era lo más lógico, pero se me hacía tan extraño que nadie me preguntara, ni siquiera mi familia o amigos… Hubo momentos en los que me sentí infravalorada y una vez más, compartir mis sentimientos y hablarlo con mi pareja fue imprescindible para sobrellevar esas situaciones.

Poco a poco la situación se fue normalizando y afortunadamente ella se recuperó en seguida y rápidamente dejamos de escuchar aquellas cosas.

Para acabar, debo decir que aunque por momentos haya sido muy duro, esta es una experiencia inolvidable, increíble y mágica y que no hay cosa más bonita que ver crecer a nuestro bebé.

© Meitaimaitie. 2018