“Había recuperado la autoconfianza perdida tras mi primer parto”

8 febrero, 2018 | Comentarios (0) | General, Tu Fisioterapeuta

Se estaba acabando marzo y sabía que estaba pasando algo dentro de mí; supimos a primeros de abril que a finales de año aumentaríamos la familia… Era mi segundo embarazo y mis sentimientos se contradecían: estaba feliz y a la vez muy triste, de repente aparecieron mis fantasmas del parto y estaba asustada.

Nuestro primer hijo nació hace cuatro años. El embarazo fue estupendo, lo viví tranquila y feliz. El parto sin embargo fue muy duro tanto para él como para mí. Fue un martes por la tarde, concretamente a las 19:30 cuando sentí la primera contracción. Las contracciones eran muy irregulares, me dolían muchísimo y estuve todo el tiempo tumbada, sin moverme, porque el miedo se había apoderado de mí… A las 05:00 decidimos ir al Hospital de Zumárraga, pensando que ya habría dilatado bastante. Llegamos, me exploraros y menudo bajón, estaba dilatada de un solo centímetro. Decidimos volver a casa. Las contracciones se volvieron cada vez más regulares y así volvimos al hospital sobre las 11:00 de la mañana. Esta vez, la dilatación era de 4 centímetros y me ofrecieron la epidural, por lo que sin pensármelo dos veces, pedí que me la administraran. En seguida desapareció el dolor y descansé, aproveché para dormir. Estuve tumbada todo el rato, sin moverme. Eran las 17:00 cuando conseguí la dilatación completa, pero nuestro hijo aún estaba muy arriba, no bajaba.

Con aquella situación, la ginecóloga vino a las 19:00 y me pidió que empujara; yo hacía lo que podía porque no sentía nada, no sabía si estaba haciendo fuerza o no y en esas estábamos cuando la ginecóloga le pidió los instrumentos a su auxiliar. Primero intentaron ayudarnos con una ventosa pero al final utilizaron los fórceps, además de realizarme una episiotomía brutal. En ese momento no fui realmente consciente de lo que nos ocurrió, pero en los días posteriores sí que empecé a darme cuenta. Estaba realmente débil físicamente, la episiotomía me dolía una barbaridad, no podía sentarme, no podía levantarme para cuidar a mi hijo… tenía una profunda tristeza, esa “depresión postparto” que tantas veces había escuchado… la estaba viviendo yo. Por otra parte, al mirar a mi hijo me sentía culpable, porque sabía que la vivencia había sido muy dura para él y yo no había hecho NADA para ayudarle a nacer. Mi marido también estaba hecho polvo después de vivir aquel parto. En vez de vivir unos días felices, nos encontramos con días verdaderamente oscuros.

Por todo esto tenía claro que era lo que NO quería vivir esta vez. Quería vivir un parto consciente, esta vez quería ayudarle a nacer YO a mi hijo y claro, quería integrar técnicas para hacer el dolor más llevadero. Así me puse en contacto con los dos ángeles que he tenido en este segundo embarazo, por una parte con Alazne y por otra con Onintza Zubizarreta, que con la ayuda de las flores de Bach, me ayudó a trabajar mis miedos y emociones. Al final del embarazo estaba muy muy tranquila, no tenía ningún miedo, había recuperado la autoconfianza perdida tras mi primer parto… estaba deseando que el parto comenzara.

Estaba en la semana 41 de gestación, y sobre las 03:00 de la madrugada de aquel lunes sentí la primera contracción. A los diez minutos llegó el segundo y pensé: “¡Ya viene nuestro hijo!” así que me levanté tranquila y me vestí. Comencé a realizar los ejercicios, a moverme con la pelota, a caminar de un lado a otro, controlando la respiración, hidratándome todo lo que podía, descansando, tomando mis gotas de Bach… ¡Las contracciones eran realmente duras! ¡Pero yo estaba tranquila! A diferencia de la otra vez, yo no estaba asustada, sabía que lo que estaba ocurriendo era parte del proceso normal, que debía ser así y con cada contracción pensaba que cada vez quedaba menos para tener a nuestro hijo en brazos. Aparecieron mis miedos, mis fantasmas pero les hice frene, pensando que el dolor no permanecería para siempre, que aquel dolor era parte del proceso. Hacia las 05:00 las contracciones eran brutales y decidimos arrancar hacia el hospital. Cuando me metí en el ascensor, de repente sentí una gran presión y ¡rompí aguas! Nos metimos en el coche y las contracciones se convirtieron ya insoportables, por lo que me acomode a cuatro patas en mi asiento porque así sobrellevaba el dolor mucho mejor. Las contracciones eran constantes y gritaba desde mi interior como nunca antes lo había hecho. Me sentía como un animal salvaje, haciendo aquello que mi cuerpo me pedía en todo momento.

Nuestro hijo estaba cerca y pensar en eso me daba mucha fuerza. Eran las 06:00 cuando, se camino al hospital, sentí de repente que mi hijo había encajado su cabeza y le pedí a mi marido que parara el coche. Me giré, me senté de cuclillas en mi asiento y sentí unas ganas irrefrenables de empujar, no podía contenerlo. ¡En dos pujos nuestro hijo nació! Lo cogió su padre y me lo coloco en seguida sobre mí, piel con piel. Mi dolor había desaparecido por completo, estaba como una rosa. ¡Feliz y hambrienta! Llegamos al hospital y allí cortamos el cordón umbilical y alumbramos la placenta. Me dieron dos pequeños puntos de sutura. ¡Había sido la experiencia de nuestra vida! Y nuestro hijo, nació tranquilo.

La gente me para en la calle y me dice: “¡Qué susto!”, y nosotros no lo vivimos allí, estábamos muy tranquilos, tanto yo como mi marido. El verdadero susto fue en mi parto, cuando vi todos aquellos instrumentos, aquello sí que fue duro.

Este segundo parto ha sido maravilloso, nos ha ayudado a sacar la espinita, a sanar la herida, a recuperar la confianza perdida en mí y he aprendido como nunca, a escuchar a mi cuerpo.

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