La importancia de sentirte acompañada, un nuevo testimonio de parto

25 octubre, 2017 | Comentarios (0) | General, Tu Fisioterapeuta

Incluso antes de saber que estaba embarazada de mi tercera hija, sabía que la preparación para este parto debía ser diferente, tenía que evitar los problemas que tuve las dos veces anteriores. En el caso de Amets e Izaro, me di cuenta de que me faltaban herramientas, recursos cuando llegó la hora del parto. Me di cuenta de que no era capaz de controlar la situación y esta vez no quería revivir esa sensación, quería quedarme por lo menos con la sensación de haber hecho todo lo que estaba en mis manos.

Conozco a Alazne desde hace años por una afición que tenemos en común y estaba bien informada sobre su labor con las familias durante el embarazo. Siempre me ha llamado la atención su forma de trabajar, su implicación y cercanía porque en el contexto laboral no es fácil encontrarte con personas tan motivadas con su trabajo. Por otra parte, tras lo vivido en los dos partos anteriores sentía que una preparación basada en el movimiento podría ser muy interesante en mi caso.

Nuestro primer parto fue inducido en la semana 42 y tras dar todos los pasos que marcaba el protocolo (rotura de bolsa, oxitocina, postrada en la cama…) pedí la epidural y me hizo reacción sólo en una mitad de mi cuerpo. Además la niña estaba cómoda si yo estaba tumbada sólo hacia un lado, asique me pase horas recostada y sin poder moverme. Cuando acabó el proceso de dilatación, el expulsivo se complico, en aquella postura, tumbada, las pulsaciones de la niña no se recuperaban bien tras las contracciones y el parto acabó con el uso del fórceps. La consecuencia de aquello fue un postparto triste y doloroso.

El segundo parto comenzó de noche e ingresé en el Hospital Donostia con 6cm de dilatación. Volví a pedir que me administraran la epidural y el proceso se ralentizó, por lo que me pusieron oxitocina sintética. En el expulsivo comenzó a repetirse la historia (las pulsaciones bajaban), pero esta vez tenía algo de experiencia y les comenté que no quería revivir un postparto así. Les pedí que evitaran el uso del fórceps una y otra vez y las matronas así lo intentaron, pero también creían que por si acaso debía estar el ginecólogo allí para que me viera empujar. Llegó el ginecólogo, les vi vestirse, les vi que comenzaban a sacar el fórceps de una bolsa… ¡Entonces sí que no pude contener las lágrimas! Tanto la matrona como Aritz me dijeron que empujara con todas mis fuerzas aunque no hubiese contracción y así lo hice y mientras el ginecólogo se preparaba, salió la cabecita de Izaro y al final todo quedo en un susto y en un pequeño desgarro en la misma zona de la episiotomía que me habían hecho en el primer parto.

Viendo lo vivido en los anteriores partos, tenía claro que en mi caso, el hecho de parir tumbada boca arriba en esa cama no les hacía ningún favor a mis hijas porque en los dos partos me había visto en la misma situación. Por eso, con nuestra tercera hija mi objetivo era integrar unas herramientas útiles, conocer mi cuerpo, recuperar la seguridad que había perdido e intentar olvidarme de la opción de la epidural en los momentos más duros para evitar tener que dar a luz tumbada de aquella postura. Y para todo esto tenía claro que necesitaba a Alazne a mi lado.

Se formó un grupo de preparación precioso, trabajamos los distintos temas en un ambiente bonito y aunque Aritz no pudo venir a las clases porque se quedaba con nuestras hijas, cada viernes hablábamos de lo trabajado en las clases y el día del parto me di cuenta de que… ¡Había aprendido muchas más cosas de lo que pensaba!

El 8 de mayo pasó delante de nuestras narices y Laia al igual que sus hermanas no tenía muchas intenciones de nacer. Pero el día 13 sobre las 16:30, a la hora de ir a recoger a las niñas empecé a sentir las contracciones una tras otra y llamé a la ama para que recogiese a las peques. Todos vinieron a casa y junto con mis padres revoloteaban alrededor mía mientras que yo sobrellevaba las contracciones con la pelota con facilidad y charlando con todos. Hacia las 18:00 vi que la cosa iba en serio y llamé a Aritz porque a lo mejor era conveniente que saliera del trabajo y se acercara a Donostia. Llegó sobre las 19:00 y el dolor ya no era tan llevadero y las niñas ya olían que algo pasaba. Dejamos de apuntar la frecuencia de las contracciones y bajamos a por el coche. Hay poca distancia de Gros a Amara pero el hecho de ir con el cinturón no me ayudaba porque no me podía mover como con la pelota y le comente a Aritz que a lo mejor no podría aguantar mucho más sin la epidural. Nos costó llegar del aparcamiento a Urgencias, en cada contracción le pedía a Aritz que me moviera las caderas y eso era ya casi constantemente. Nada más subir a la primera planta el personal sanitario nos estaba esperando y me llevaron a una sala para hacerme una exploración. Me informaron de que estaba completamente dilatada y me trasladaron en una silla de ruedas a la sala de partos. El ginecólogo que me exploró me decía que no gritara pero a mí esta vez me daba igual, estaba viviendo mi momento y sabía que era ¡la última vez! En la habitación se quedaron la matrona titular, la residente y una enfermera.

Alazne nos había comentado que habían renovado algunas de las camas en el hospital y yo estaba en uno de los paritorios con aquella cama estratosférica, pero yo sólo veía el suelo y allí me tiré a cuatro patas. Me prepararon el suelo y la enfermera me consiguió una pelota tal como se lo pidió Aritz y así me monté mi “txoko”. Apoyé mi cabeza y pecho sobre la pelota y aquello me ayudaba mucho a relajarme entre contracciones. Aritz estaba a mi derecha masajeándome la zona lumbar y pélvica y la matrona residente se colocó a mi izquierda, fue mi consciencia en todo momento. Me ayudó con la respiración, me daba ánimos con delicadeza y la tuve agarrada a mi mano en todo momento. Sentía que mi cabeza estaba en otro sitio. Mi sensación era que estaba pariendo sola, con mucha tranquilidad con dos personas de confianza a mi lado. De repente sentí que me partía en dos, que no podía soportar aquel dolor por más tiempo… se rompió la bolsa y el pelito de Laia comenzó a asomar. Qué alegría cuando escuche aquello… ¡Ésta vez todo iba bien! Le pedí a la matrona que no se alejara de mí y colocaron un espejo para que Aritz y ella pudiesen verlo todo. Laia salió sin ningún problema en un par de contracciones sobre las 20:40 y como todos estábamos ene l suelo, me la acercaron pasándomela entre mis piernas. ¡Todos los dolores desaparecieron en un momento! Me senté en la silla de partos para el alumbramiento de la placenta y comprobaron que mi periné estaba intacto (el trabajo con el EPI-NO también había ayudado en eso). Estuvimos como una hora en el paritorio, felices, Laia ya mamando… Luego nos subieron a la habitación y recuerdo que me sentía “pletórica”, punto de arranque importante para hacer frente a los días que venían después.

El tercer parto y postparto han sido muy distintos. Todo el trabajo previo nos ayudó a llevar el parto de una manera diferente. El hacer el trabajo de dilatación en movimiento convirtió aquello mucho más llevadero… para cuando comencé a sentir el dolor intenso, el dolor verdadero ¡había llegado a dilatación completa! Hemos visto que para el expulsivo la cama obstétrica no es la única opción y que lo ideal es escuchar en todo momento lo que pide el cuerpo. Por otra parte me he dado cuenta de la relevancia de sentirte acompañada, de estar rodeada de las personas adecuadas, que el tener ese “feeling” especial con la matrona ayuda a progresar más fácilmente.

¡Sigue acompañando y ayudando a las familias de esa forma agradable Alazne!

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