Lili, el testimonio de parto del nacimiento de una flor

23 agosto, 2017 | Comentarios (0) | General, Tu Fisioterapeuta

Lili. Este es el nombre que elegimos para nuestra hija. Cuando estaba embarazada una vez me dijeron: “¿Lili? ¡Ya puede ser bonita con ese nombre!” Y lo es, la más bonita entre todas las flores.

Supimos a primeros de agosto del 2016 que estábamos embarazados. Al igual que 3 años antes con nuestro hijo, la noticia del embarazo nos alegro muchísimo. El parto de Joanes fue muy lento: necesité tres noches para dilatar 6-7 cm. Nos informaron que las aguas estaban teñidas y la cabeza estaba muy alta, y a pesar de recibir distintas ayudas para que el parto progresara y tras dilatarme completamente, nuestro hijo de 3,650kg nació por cesárea. Sabíamos que habíamos hecho todo lo que pudimos y éramos conscientes de que la intervención fue totalmente necesaria, pero se nos quedó clavada una espinita. Y además, desde entonces, teníamos el pensamiento de que en un próximo parto podría ocurrir lo mismo.

Llegados al ecuador del embarazo de Lili comenzamos a conectar con el nuevo parto. ¿Cómo sería esta vez? ¿Más fácil? ¿Más fisiológico? La tía de Lili realizó el curso de preparación al parto en Zarautz y ella nos habló por primera vez de Alazne. Fuimos a una de las charlas gratuitas a saber más sobre el curso y no hubo dudas: nos apuntamos.

Nos tocó un grupo agradable, en un entorno de intimidad y confianza. El curso nos ha aportado mucha información, información a raudales. Si tuviera que recalcar algo recalcaría la cercanía de Alazne y el método NACES que hizo que se me removiera todo. ¡Ay madre, cuánto me han hecho llorar los dos! Hasta la llegada de Lili apretujé mil veces la mariposa de oxitocina que dibujamos en familia.

También hicimos uso de otros recursos esta vez: una pelvimetría, sesiones de osteopatía, etc. Estamos convencidos de que las sesiones de osteopatía fueron de gran ayuda para que Lili se colocara mejor, para liberar las tensiones entre las cicatrices de una intervención antigua y el útero…

La fecha teórica de parto era el 19 de abril, pero las primeras olas comenzaron la noche del 25. Fueron contracciones muy intensas desde el principio, pero muy irregulares. El ginecólogo nos había advertido de que las dilataciones en los segundos embarazos solían ser más rápidas y por si acaso subimos al hospital a primera hora. Allí recibí el primer bofetón: estaba dilatada de un único centímetro, aquellas contracciones eran pródromos de parto. Me pareció una palabra horrible que nunca había oído, no podía significar nada bueno. Acababa de pasar una noche dura y empezaba a sentir que aquello se parecía al primer parto.

Durante el día, aquel 26 de abril, las contracciones fueron mucho más espaciadas y al atardecer se volvieron más frecuentes. Seguían siendo irregulares y tras otra noche sin dormir y pensando “¡Esta vez sí!”, a la mañana subimos al hospital de nuevo. Allí recibimos la segunda bofetada: 3 cm de dilatación y a casa otra vez.

27 de abril. Otra vez lo mismo y estaba al caer la tercera noche. Volví a pasar toda la noche con contracciones muy duras, sola porque así lo deseaba. Seguían siendo contracciones irregulares y me daba hasta “vergüenza” volver a subir al hospital, así que decidimos hablar con nuestro ginecólogo primero.

28 de abril. El ginecólogo nos exploró a las 12:00 y al estar dilatada de 6 cm nos ordenó subir al hospital ya que al tener una cesárea previa era importante mantener la cicatriz de mi útero bien controlada.

La tarde la pasamos con pocas contracciones y con una sensación de que estábamos allí en vano, aunque la verdad es que estaba tranquila y conseguí hasta descansar. Echaba mucho de menos a mi pequeño. La matrona y la ginecóloga, al ver que las horas pasaban, nos informaron sobre las distintas opciones. Yo estaba al límite de mis fuerzas y con la moral baja, pero decidimos esperar a la mañana siguiente sin intervenciones. Venía la cuarta noche… Estaba tan cansada…

La osteópata y Alazne estaban al tanto de todo, y la osteópata se ofreció a subir a nuestra habitación cuando acabara con su trabajo en la consulta. Durante dos horas y media largas nos ayudo a Lili y a mí, y cuando las contracciones se hicieron más frecuentes se fue a casa, casi a las 23:00. ¡Mil gracias, Nerea!

29 de abril. Tras una noche larga y dura, esperaba estar más dilatada. Sobre las 07:00 la matrona y la ginecóloga entraron en nuestra habitación y recibí otra bofetada: seguía dilatada de 6 cm. Tenía que empezar a aceptar sus propuestas. Habíamos hablado de que empezaríamos con la rotura de la bolsa, y así lo hicieron. Me pidieron que fuese a caminar durante un par de horas. Fueron dos horas largas, porque casi no me podía aguantar en pie. En nuestro primer parto, rompieron la bolsa y enseguida dilaté por completo, – eso esperaba que ocurriese también esta vez.

¡Pues no! Algo antes de las 11:00 me dijeron que la dilatación había llegado a los 8 cm pero el cuello seguía bastante posterior y la cabeza de Lili no había bajado demasiado. Entonces las dos ginecólogas me hablaron de la opción de la epidural y aunque desganados, decidimos hacer uso de ella. La experiencia con la epidural fue agridulce: no me cogió bien de un lado, tenía una sensación de llenazo y náuseas, y además se me despertó un dolor intenso en el lado derecho de mi abdomen. Me administraron una dosis mínima de oxitocina para intensificar el trabajo de parto, pero con cuidado para no perjudicar la cicatriz de mi útero. De ahí en adelante sabía que debía estar encamada y monitorizada todo el rato.

Veían posible un parto vaginal y me pidieron un último esfuerzo: mantener durante una hora la posición de Buddha. Se me hizo mucho más duro de lo que pensaba, pero al pasar la hora me informaron de que estaba completamente dilatada y Lili había bajado bastante, a pesar de no estar en el último plano. Yo estaba reventada y siendo honesta, me sentía débil y ya no me importaba demasiado por qué vía nacía Lili. Necesitaba que todo acabase cuanto antes. Tenía un rayo de esperanza, pero no me fiaba sobre si sería capaz de empujar. Me sentía muy débil.

En la sala de partos todo ocurrió muy rápido. Aunque no lo pensaba, sí que tenía fuerzas para empujar. Gracias a un espejo vi el pelito de Lili y de verdad os digo que eso me dio una fuerzas terribles. “¡Empuja!” “¡Así sí, muy bien!” “¡Ventosa!”. Aquel último grito me hizo pensar que el parto vaginal era posible. Y así, en dos pujos dirigidos por el equipo, ¡nació nuestra Lili! Qué alegría, inmensa. Era preciosa, muy bonita, la más bonita entre todas las flores.

El equipo respetó todas nuestras peticiones que reflejamos en un plan de parto que compartimos al ingresar en el hospital. Muchas gracias a todos.

Y la mayor gratitud a la tía postiza de Lili: ¡Alazne, a tí! Por haber estado ahí durante el embarazo, durante el parto y en el postparto, ¡SIEMPRE!

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